
En Navidad, la casa de Pigúiça se llenaba de olores ricos: sopa de calabaza, galletas de jengibre y ramas de pino. Pero aquel año faltaba un olor. El de la casa de los abuelos.
Los abuelos de Pigúiça vivían al otro lado del río grande, a muchas noches de camino. El trayecto era demasiado largo para las patas de un abuelo. Esa Navidad no iban a poder venir.
Pigúiça se sentó en la ventana, con la barbilla sobre las patas. “Van a pasar la Navidad sin mí”, dijo. “Y yo sin ellos”. Fofuxo se sentó a su lado. Sus ojos se volvieron azul oscuro. “¿Sabes qué podemos hacer? Escribirles una carta”.
Pigúiça agarró una hoja y un lápiz y se quedó pensando. Escribió despacio, con la lengua afuera: “Queridos abuela y abuelo. Les hice un dibujo. Me comí dos galletas, pero pensé en ustedes con la primera. Los extraño mucho, pero mi cariño es todavía más grande. Besos de Pigúiça”.
Luego Fofuxo le enseñó a doblar el papel. Un doblez aquí, otro allá, y la hoja se volvió una estrella de cinco puntas, con la carta guardada dentro.
“¿Y cómo llega hasta allá?”, preguntó Pigúiça. “Esta es la noche en que alguien viaja por todo el cielo llevando cosas buenas”, dijo Fofuxo con una sonrisa. “Dejemos la estrella en la ventana”.
Pigúiça puso la estrella de papel en el alféizar, justo en el medio, con una notita: “Para que Papá Noel se la lleve a mis abuelos, por favor”. Después se fue a su camita.
Intentó dormir. Dio una vuelta. Dio otra. La casa estaba tan callada que se oía a la piedrita cantando en un rincón del cuarto, hmmm.
A mitad de la noche sonó una campanita, bajito. Plin. Pigúiça abrió un ojo. En la ventana había una sombra grande y roja, con un saco a la espalda y una barba blanca.
Tomó la estrella de papel con muchísimo cuidado, como quien sostiene una mariposa. Leyó la notita y miró a Pigúiça. No dijo nada. Solo se llevó la mano enguantada al pecho y asintió con la cabeza.
Luego se puso un dedo delante de los labios, pidiendo silencio, y le guiñó un ojo. Y desapareció, con un plin chiquitito.
Pigúiça sonrió en la oscuridad. Allá lejos, al otro lado del río grande, imaginó una ventana que se encendía, una abuela que abría una estrella de papel y un abuelo que leía despacio, con los anteojos en la punta de la nariz.
Pensó en dos sonrisas, justo del tamaño de la suya. Era casi como tener a los abuelos allí, sentaditos en el borde de la cama.
Se subió la manta hasta la barbilla. En el cielo, afuera, una estrella brillaba más que las otras, pegadita a la luna. Tal vez fuera solo una estrella. Tal vez fuera un mensaje de vuelta.
“Feliz Navidad, abuelos”, susurró. Y se durmió, con la piedrita cantando y la certeza de que el cariño viaja más rápido que cualquier trineo.
