
Plic. Plic. Plic, ploc.
Llovía desde que Pigúiça se había despertado. Llovía en la huerta, llovía en el tejado, llovía sobre la pelota roja olvidada en el patio. Hasta las nubes de Dogavios, que siempre sonreían, tenían cara de estar muy ocupadas.
“¿Cuándo va a parar?”, preguntó Pigúiça, con el hocico pegado al vidrio.
“Cuando las nubes terminen de regarlo todo”, dijo Fofuxo, echado en la alfombra.
“¿Y cuándo van a terminar?”
“Cuando terminen”.
Pigúiça resopló. Caminó hasta la puerta. Volvió a la ventana. Caminó otra vez hasta la puerta. Se echó panza arriba, con las cuatro patas al aire. “Estoy aburrida. No hay nada que hacer cuando llueve. Nada de nada”.
En ese momento, una sombra enorme y verde apareció afuera. Toc, toc, hizo una uña gigante en el vidrio. Era Dracao, empapado de la cabeza a la cola, con las alas caídas como un paraguas roto.
“Perdón por molestar”, dijo él, muy bajito, algo avergonzado. “¿Puedo esperar a que pase la lluvia aquí en el porche?”
Era demasiado grande para entrar. Así que Pigúiça y Fofuxo abrieron la ventana, y Dracao apoyó la cabeza en el alféizar, goteando. Pigúiça trajo su mantita y le secó la punta del hocico, que era lo único que cabía.
“Dracao, ¿sabes algún juego para los días de lluvia?”, preguntó Pigúiça.
Él lo pensó. “Carrera de gotas. Cada uno elige una gota en el vidrio. Gana la que llegue abajo primero”.
Pigúiça eligió una gota gordita. Fofuxo eligió una flaquita. Dracao eligió la más grande de todas. Las gotas bajaron torcidas, se detuvieron, se juntaron con otras y de repente resbalaron. Todos gritaban y animaban. Después buscaron formas en las nubes: un conejo, un pastel, un zapato. Y Dracao se puso tan feliz que empezó a brillar, todo iluminado, y la sala gris se volvió verde y dorada.
Cuando por fin dejó de llover, Pigúiça salió al patio. Los charcos reflejaban el cielo rosado, y allá arriba las nubes habían vuelto a sonreír, con caritas cansadas y contentas. Dracao se despidió con una sonrisa y se fue volando a casa, soltando gotitas brillantes.
Por la noche, la lluvia volvió, pero ahora despacito. Plic... plic... ploc... Pigúiça la escuchaba desde su camita. Parecía que alguien le estaba cantando para dormir. Plic... plic... Y se durmió.
