
A Trici le gustaba explorar. Aquella tarde vio una mariposa azul y la siguió. Luego vio otra, y también la siguió. Cuando miró a su alrededor, estaba en un bosque que nunca había visto.
Los árboles eran altos, de troncos gruesos, y todos se parecían. El sol ya se estaba poniendo anaranjado. Trici miró a la derecha. Miró a la izquierda. Ya no sabía de qué lado quedaba su casa.
Se sentó. Su corazón, que era pequeño, hacía tum-tum-tum muy rápido. Un ojo se le empezó a humedecer.
“Tranquila”, se dijo. “Doña Cuellolargo siempre dice: si te pierdes, quédate quieta y respira”. Respiró hondo. Soltó el aire despacio. Respiró hondo otra vez. Soltó. El corazón fue calmándose.
Entonces escuchó. Muy bajito, desde algún lugar: hmmm, hmmm. Era el tarareo de una piedra.
“¡Las piedras que cantan!”, recordó Trici. “Viven cerca de mi casa”. Pero el sonido venía de varios lados. ¿Cuál era el camino correcto?
Fue hasta la primera piedra, pequeña y gris. La piedra cantaba muy flojito. “Hmm”. Fue hasta la segunda, un poco más grande. “Hmmm”. Cada piedra cantaba un poquito más fuerte que la anterior.
“¡Eso es!”, dijo Trici. “¡Cuanto más cerca de casa, más fuerte cantan!”. Y siguió a las piedras, una por una, como quien sigue huellas.
A cada paso el cielo se oscurecía un poco y las estrellas iban encendiéndose. Pero las piedras sonaban más fuerte, y la música, más clara. Era una canción de cuna, y Trici notó que ya se la sabía de memoria.
Pasó junto a un macizo de flores que se volvieron hacia ella. “Buenas noches, Trici”, cuchichearon. Ella sonrió y siguió andando.
Entonces, allá adelante, vio una luz calentita. Era la ventana de su casa. Y en la puerta estaba Doña Cuellolargo, con el cuello estirado hacia todos lados, buscando.
“¡Trici!”, exclamó Doña Cuellolargo. “¡Me perdí, pero me quedé quieta, respiré y seguí a las piedras!”, dijo Trici, corriendo hacia ella. Doña Cuellolargo la abrazó con el cuello, dándole una vuelta entera.
“Estoy tan orgullosa”, dijo. “Perderse le pasa a todo el mundo. Lo que importa es saber qué hacer cuando pasa”.
Esa noche, Trici durmió con la ventana entornada. Afuera, las piedras cantaban la canción de cuna, hmmm, hmmm, muy bajito, como diciendo: aquí estamos, aquí estamos. Y Trici, calentita, se durmió.
