
La torre ya casi llegaba a la altura del hocico de Pigúiça.
Se había pasado la tarde entera apilando piedritas redondas en el jardín. Cada piedra que subía cantaba bajito, plin, plin, como si estuviera contenta de estar allá arriba.
Solo faltaba una. La piedrita más bonita, azul como sus ojos. Pigúiça estiró la pata, muy despacio... y la torre se tambaleó. Se tambaleó para acá, se tambaleó para allá, y se vino abajo enterita. Plin, plon, plun.
Pigúiça sintió algo caliente que le subía desde la barriga hasta la punta de las orejas. Golpeó el suelo con las patas. Les gruñó a las piedras. Pateó una hoja que no tenía ninguna culpa. “¡Piedra tonta! ¡Torre tonta! ¡Todo tonto!”
Fofuxo llegó con su paso tranquilo y se sentó a su lado. No dijo nada. Solo se quedó ahí, esperando.
“¡Estoy furiosa!”, gritó Pigúiça. “¡Muy furiosa! ¡Tengo una rabia del tamaño de una montaña!”
“Lo sé”, dijo Fofuxo. “La rabia es muy grande, de verdad. ¿Quieres que te enseñe un truco para que se haga chiquitita?”
Pigúiça se cruzó de patas y giró la cara. Pero dejó una oreja apuntando hacia él, solo para escuchar.
“Imagina que tienes una flor justo delante del hocico”, dijo Fofuxo. “Huélela despacio. Ahora imagina que tienes una velita. Sóplala despacio, sin apagarla”.
Pigúiça olió la flor de mentiritas. Fffff. Sopló la velita de mentiritas. Fffuuu. Olió otra vez. Sopló otra vez. Y una vez más.
A la tercera vez, pasó algo. Una mariposa amarilla, que estaba escondida en una flor de verdad, voló hasta ella y se posó muy cerca de su hocico. “¡Vino!”, susurró Pigúiça, sin moverse. “¿Por qué no vino antes?”. Y Fofuxo le contestó, sonriendo: “A las mariposas les gustan los lugares tranquilos”.
Pigúiça miró las piedras regadas por el suelo. La montaña de rabia ahora era del tamaño de un granito de arena. Respiró una vez más y empezó todo de nuevo, una piedra a la vez, sin prisa. Esta vez puso la piedra azul justo en el medio, donde quedaba firme.
Cuando el cielo rosado se fue oscureciendo, la torre estaba terminada. Y las piedritas cantaban juntas una canción muy bajita, de esas que dan ganas de bostezar.
En su camita, Pigúiça todavía hacía el truco. Huele la flor... sopla la velita... Huele la flor... sopla la velita...
¿Lo haces con ella? Huele la flor. Sopla la velita. Muy despacito, hasta que llegue el sueño.
