
“Hoy no”, dijo Nina.
Pigúiça ya venía corriendo, con las patas abiertas, a darle el abrazo de siempre a su amiga la caniche, de pelo suave como algodón. Se detuvo a mitad de camino, con las patas estiradas en el aire. “¿Cómo que hoy no?”
“Hoy no quiero abrazo”, repitió Nina, muy bajito. “Solo quiero quedarme un ratito aquí, sola, mirando las flores”.
Pigúiça no entendía. El abrazo era lo más rico del mundo. ¿Cómo alguien podía no quererlo? Sintió una tristeza pequeña subirle por la barriga. “¿Ya no me quieres?”. “Te quiero mucho”, dijo Nina. “Solo que hoy no quiero”.
A Pigúiça le dieron ganas de abrazarla igual. Un abrazo rapidito, pensó, y a Nina le va a gustar. Fue entonces cuando llegó Fofuxo, se sentó al lado y dijo, sin ningún regaño: “Pigúiça, cuando Nina dice no, el no es suyo. Ella manda en su cuerpo, igual que tú mandas en el tuyo”.
“¡Pero es un abrazo de cariño!”. “Aun de cariño”, dijo él. “Lo que puede cambiar es la manera de mostrar el cariño. El cariño sigue siendo el mismo”.
Pigúiça se quedó pensando. Recordó el día en que Tico le hizo cosquillas y ella pidió que parara, y él paró enseguida. Aquel día se había sentido segura, y hasta con más ganas de jugar con él después.
Entonces se sentó a un pasito de distancia de Nina. “¿Puedo quedarme aquí, sin tocarte?”. “Puedes”, dijo Nina, y la comisura de su boca subió un poquito.
En lugar de abrazarla, Pigúiça levantó la pata y saludó, muy despacio, como diciendo: “Aquí estoy”. Nina saludó de vuelta. Las dos se rieron, sin hacer ruido.
Pasó un rato. Una mariposa se posó en una flor, se fue, volvió. El viento pasaba suave por las orejas de las dos. Pigúiça aprendió que estar al lado de alguien, sin hacer nada, también es una forma de cariño.
“¿Pigúiça?”, llamó Nina. “¿Sí?”. “Ahora sí quiero un abrazo”. “¿De verdad puedo?”. “Puedes”.
Y fue un abrazo suave, largo, lleno de pelo y de risa. Fue el mejor abrazo del año, porque lo habían pedido.
Por la noche, en su camita, Pigúiça pensó que un “no” también es una manera de decir lo que uno siente. Y que, cuando escuchamos el no de un amigo, la amistad se hace todavía más fuerte.
Desde la ventana, saludó una última vez hacia la casa de Nina, allá lejos. Apoyó la cabeza en la almohada. Y Pigúiça se durmió, con las patitas quietas, en paz.
