
Aquella noche, el sueño de Pigúiça todavía no había llegado. Sus pensamientos saltaban de un lado a otro, como pajaritos en un árbol, y no se quedaban quietos ni un segundo. La noche de Dogavios era mansa: las nubes bostezaban y las flores ya habían cerrado los pétalos.
“Ven conmigo”, dijo Fofuxo, bajito. Fueron hasta un claro donde las estrellas colgaban de las ramas, muy cerquita, como farolitos diminutos. “Vamos a contar. Pero despacio. Una estrella por cada respiración”.
Los dos se tumbaron en la hierba suave, boca arriba. Tú también puedes acostarte así, muy quietecito, e ir con ellos.
Diez. La primera estrella es la más grande, blanquita, justo encima. Toma aire, despacio, por el hocico. Suelta, muy despacito. Mira cómo brilla, sin hacer fuerza. Las patas de adelante se ponen blandas, blandas, como algodón.
Nueve. Toma aire. Suelta. Las patas de atrás también se ponen blandas, pesaditas, hundiéndose en la hierba.
Ocho. Toma aire. Suelta. La barriga sube y baja, sube y baja, como una ola pequeña en un lago tranquilo.
Siete. Toma aire. Suelta. Los hombros bajan, lejos de las orejas, como si alguien les hubiera quitado una mochila.
Seis. Toma aire. Suelta. Las orejas se quedan quietas. Escuchan solo el viento, muy suave.
Cinco. Toma aire. Suelta. El hocico se relaja. La boca se abre un poquito, blanda, perezosa.
Cuatro. Toma aire. Suelta. Las mejillas se ponen suaves. Casi una sonrisa, sin querer.
Tres. Toma aire. Suelta. Los ojos se ponen pesados, pesados, como dos piedritas bajando despacio por un río.
Dos. Toma aire. Suelta. Los pensamientos, que saltaban, van pasando como nubes, lejos, lejos, y ya no hace falta seguirlos.
Uno. La última estrella es pequeña y calentita. Toma aire. Suelta. Y el sueño, que venía de camino, por fin llegó y se tumbó a su lado, muy quietecito.
Pigúiça sintió el cuerpo entero pesado y calentito, como una piedra que pasó el día al sol. Cada pedacito suyo había sido contado, abrazado y puesto a descansar. Ya no había nada que hacer. Nada que resolver. Nada que recordar. Solo quedarse allí, respirando, quietecita, con todo el cielo por encima, como una manta de puntitos de luz.
Pigúiça ya no contaba más. Fofuxo tampoco. Las estrellas siguieron brillando despacio, despacio, solo para cuidar su sueño.
Y ahora es tu turno de contar. Diez. Toma aire. Suelta. Nueve...
