
¿Quién lloraba más fuerte en Dogavios aquella semana? No era el viento. No eran las piedras. Era Copito, el hermanito nuevo de Pigúiça, que acababa de llegar y era del tamaño de un calcetín enrollado.
Todos querían ver a Copito. Bolota le trajo una mantita suave. Nina le trajo una florecita que cantaba canciones de cuna. Hasta las nubes bajaban un poquito para asomarse por la ventana.
Pigúiça se quedaba en un rincón, con los brazos cruzados. Bueno, con las patas cruzadas. “Ya nadie me mira a mí”, refunfuñó. “Solo a él. Y ni siquiera sabe hacer nada. Solo duerme y llora”.
Fofuxo la oyó y en ese momento no dijo nada. Al día siguiente, invitó a Pigúiça a pasear por la plaza del pueblo, y se llevaron a Copito con ellos, bien envueltito.
La plaza estaba llena de cachorros. En cuanto vieron a Fofuxo, corrieron todos y se le subieron encima: a la espalda, a la cabeza, a las orejas. Fofuxo se sentó y se rio, dejando que los cachorros lo escalaran.
Justo entonces Copito se despertó y se puso a llorar. ¡Buaaa! Bolota intentó mecerlo. No funcionó. Nina intentó cantarle. Tampoco. Y Fofuxo, lleno de cachorros colgados, no podía ni moverse.
Pigúiça suspiró, se acercó a su hermano y le hizo la mueca que mejor le salía: la lengua de lado, un ojo cerrado y las orejas hacia atrás.
Copito dejó de llorar. Miró. Parpadeó. Y soltó una risita chiquitita, la primera risita de su vida.
Toda la plaza se quedó en silencio. “Se rio contigo”, dijo Fofuxo, desde debajo de los cachorros. “Eres la única que sabe hacerlo reír así”.
Pigúiça sintió algo calentito en el pecho. Hizo la mueca otra vez. Copito se rio otra vez. Hizo una mueca nueva, con las dos orejas hacia delante. Y él se rio todavía más.
“Cuando sea grande”, dijo Pigúiça, “le voy a enseñar a correr, a saltar charcos y a hacer muecas. Yo soy la hermana mayor, ¿sabías?”. “Lo sé”, dijo Fofuxo. “Tiene mucha suerte”.
Por la noche, Copito dormía en su cestito, junto a la camita de Pigúiça. De vez en cuando hacía un ruidito, y ella estiraba la pata y lo tocaba, muy suavecito.
“Buenas noches, Copito”, susurró Pigúiça. El hermanito suspiró. La hermana mayor también suspiró. Y los dos se durmieron, cada uno en su rinconcito, respirando despacito, al mismo ritmo.
