
“Abre la boquita”, pidió Fofuxo. Pigúiça apretó los labios. Los apretó tanto que todo el hocico se le arrugó. Ni un dientito se veía.
“No quiero cepillarme”, dijo con la boca cerrada, y le salió algo como “mmm nmm quuu epiyarme”. Fofuxo esperó. Había aprendido que esperar funciona mejor que insistir.
“¿Por qué no?”, preguntó. Pigúiça abrió solo un rinconcito de la boca. “Porque es aburrido. Hace cosquillas. Y ya tengo sueño”.
“Te entiendo”, dijo Fofuxo. “A mí también me pareció aburrido alguna vez. ¿Quieres saber qué descubrí?”. Pigúiça abrió un ojo. “¿Qué?”
“Los dientes tienen vida de noche”, cuchicheó. “Cuando dormimos, se ponen a conversar. Si están limpiecitos, cantan bajito una canción bonita. Si tienen restos de comida, tosen y se quejan, y por la mañana nos despertamos con la boca rara”.
“¿Los dientes cantan?”, preguntó Pigúiça, con los ojos grandes. “Cantan. ¿Quieres oír los míos?”
Fofuxo abrió la boca en una sonrisa enorme. Se veían todos sus dientes blanquitos, brillando como perlas. Pigúiça se acercó muy cerquita y escuchó. No oyó nada. Pero imaginó una musiquita finita: ti-li-li, ti-li-li.
“¡Yo lo oigo!”, mintió un poquito. Después se rio. “Bueno, lo imagino”. “Imaginar también vale”, dijo Fofuxo.
Tomó dos cepillitos, uno para cada uno, e inventó un juego. “Vamos a cepillar hasta que termine la canción de la piedra que canta. Arriba, abajo, por delante, por detrás”.
Pigúiça agarró el cepillo. Al principio hacía cosquillas, pero luego ya no tanto. Los dientes de adelante, con la espuma de menta, parecían cubiertos de nieve. Los de atrás, donde costaba llegar, los cepilló con muchísimo cuidado, uno por uno.
Afuera, la piedra cantaba despacio. La, la, la, la. La canción era larga, y Pigúiça cepilló hasta el último “la”. Luego se enjuagó, escupió la espuma y se miró en el espejo.
Apareció una sonrisa enorme. Blanquita, brillante, igual a la de Fofuxo. “Parece una luna llena”, dijo, orgullosa. “Ahora tus dientecitos van a cantar toda la noche”, dijo Fofuxo.
Pigúiça se fue a la cama, con la boca fresquita de menta y el corazón contento. Apoyó la cabeza en la almohada, con una sonrisita que ni sabía que estaba haciendo.
Y muy bajito, allá en el fondo del sueño, lo oyó. Ti-li-li, ti-li-li. Los dientecitos cantaban, solo para ella.
