
Algo raro pasaba en la boca de Pigúiça. Pasaba la lengua, y uno de los dientitos del frente hacía tec, tec, moviéndose para aquí y para allá, como la puerta de un armario que se quedó abierta.
“¡Fofuxo! ¡Se me mueve un diente!”, gritó, con la boca bien abierta para que él lo viera. “¿Y si se cae? ¿Y si duele? ¿Y si me quedo sin diente para siempre?”
Fofuxo se acercó, miró con atención y sonrió. “Es un diente de leche”, le explicó. “Se afloja cuando un diente nuevo, más fuerte, viene por debajo para ocupar su lugar”.
Pigúiça lo pensó un poco. ¿Un diente nuevo esperando su turno ahí abajo? Parecía una fila. Pero todavía estaba preocupada.
Esa tarde, Fofuxo apareció cargando en la boca un hueso enorme, del tamaño de un banco. Pigúiça se quedó boquiabierta. Era el hueso más bonito que había visto en su vida. Y ella no podía morderlo.
“No es justo”, se quejó, sentándose en el sendero. “Con el diente flojo solo puedo comer puré”. Fofuxo soltó el hueso y se echó a su lado. “Entonces hoy comemos puré juntos”.
Y comieron. Puré de calabaza, bien tibiecito, cada uno en su plato. Fofuxo ponía unas caras tan exageradas de lo rico que estaba, que Pigúiça empezó a reírse.
Se rio tanto, pero tanto, con la boca abierta, que de repente sintió un plic chiquitito. Y ahí, en el plato de puré, estaba el dientito blanco, mirándola.
“¡Se cayó!”, dijo, sorprendida. “¡Y ni me dolió!”. Pasó la lengua por el huequito. Era gracioso. Parecía una ventanita nueva en la boca.
Fofuxo le contó que, en Dogavios, los dientes de leche se les entregan a las flores. Los dos fueron al jardín de al lado de casa, y Pigúiça dejó el diente con cuidado en medio de las margaritas.
“Gracias por guardarlo”, dijo ella. Y la margarita más viejita contestó, con una vocecita de pétalo: “Gracias a ti por traérmelo. Cuida bien el diente nuevo”.
Por la noche, en su camita, Pigúiça todavía pasaba la lengua por la ventanita de la boca. A veces silbaba sin querer, fiuuu, y se reía bajito.
Allá adentro, en lo oscurito de la encía, el diente nuevo esperaba su turno, sin ninguna prisa. Y Pigúiça tampoco tenía prisa. Cerró la boca, cerró los ojos y se durmió, soñando con el hueso gigante que algún día iba a morder.
