
Esa mañana apareció una perrita nueva en el prado.
Era una collie de pelo largo y suave, que se quedaba sentadita junto al árbol grande. Se llamaba Luna. Tenía unos ojos bonitos, clarititos, pero no podían ver.
Los cachorros se habían reunido para jugar a perseguirse: Pigúiça, Fofuxo, un pug todo arrugado y un cachorro de orejas puntiagudas. Tico, el salchicha, miró a Luna y susurró: “Ella no va a poder jugar. No nos ve”.
Pigúiça se quedó pensando. Luego se acercó a Luna y le preguntó: “Hola. ¿A qué te gusta jugar?”
Luna levantó el hocico y sonrió. “Hola, Pigúiça”.
Pigúiça abrió mucho los ojos. “¿Cómo sabes que soy yo?”
“Por tu olor, que es a hierba y a nieve. Y por tus pasos. Tú caminas dando saltitos, tip, tip, tip. Fofuxo camina pesado y despacio, pum, pum. Y el pug respira haciendo ronc, ronc”.
El pug se puso rojo de vergüenza, pero se rio.
“Me gusta jugar a las escondidas”, dijo Luna.
Y jugaron. El pug se escondió detrás de un arbusto. Luna olfateó, olfateó, y lo encontró. El cachorro de orejas puntiagudas se subió a una piedra. Luna oyó la piedra cantando bajito debajo de él y lo encontró. Pigúiça se escondió detrás del árbol, aguantándose la risa. Pero Luna escuchó a la flor de al lado diciéndole “hola”, y la encontró también.
“¡Es la mejor de todos!”, dijo Tico, con la boca abierta.
Entonces a Pigúiça se le ocurrió una idea. “¡Ahora todos jugamos con los ojos cerrados, como Luna!”
Fue la ronda más divertida de la tarde. Fofuxo chocó con un árbol, muy despacito. Tico encontró su propia cola y creyó que era el pug. Y Luna se reía tanto que tuvo que echarse en la hierba. Todos descubrieron que, con los ojos cerrados, se podían oír un montón de cosas que nadie había notado antes.
Cuando terminó la tarde, Luna se despidió de cada uno por su nombre, sin equivocarse ni una vez.
Esa noche, en su camita, Pigúiça cerró los ojos y se quedó escuchando, como Luna. El viento en la ventana. El grillo allá afuera. Su propia respiración, despacito. Cierra tú también los ojitos y escucha. ¿Qué oyes ahora?
