
¡Plop! La semillita cayó en un huequito del jardín. Pigúiça cubrió la tierra con las patas, le dio dos palmaditas encima y se sentó al lado, con los ojos muy abiertos. “Ahora se va a volver flor”, dijo.
Esperó un minuto. Nada. Esperó dos. Nada. Esperó hasta que llegó Fofuxo con un panecillo de miel. “¿Todavía no salió la flor?”, preguntó.
“No. Tarda muchísimo. ¿Estará dormida la semilla?”. “Creo que sí”, dijo Fofuxo. “Las semillas duermen un poquito antes de crecer”.
Al día siguiente, Pigúiça se despertó y corrió al jardín. Nada. La tierra estaba igualita. Al otro día, lo mismo. Y al otro.
Empezó a impacientarse. Golpeó el suelo con la patita. Suspiró hondo. Hurgó la tierra con el hocico, para ver si todo estaba bien allá abajo.
“Pigúiça”, dijo Fofuxo, “las raíces crecen primero, en la oscuridad, donde nadie las ve. Solo después viene lo verde”. “¡Pero yo quiero verlo ya!”. “Lo sé”, dijo él. “Esperar es difícil. ¿Puedo contarte qué ayuda?”
Pigúiça asintió con la cabeza. “La semilla necesita agua. Puedes cuidarla todos los días, y así la espera se hace menos larga”.
Fue entonces cuando Pigúiça recibió una tarea. Todas las mañanas bajaba hasta el arroyo que brillaba en el bosque, con el sol bajito entre las hojas. Tocaba el agua con la patita, haciendo ondas. Llenaba una hoja grande, doblada como una taza, y volvía despacio, sin derramar, para regar la tierra.
Al principio pensaba solo en la flor. Luego empezó a fijarse en otras cosas. Las abejas que pasaban zumbando. Su propio reflejo en el agua. El olor de la mañana. El camino de vuelta, que se sabía de memoria.
Pasaron siete días. Ocho. Nueve. El décimo día, Pigúiça llegó con la hojita llena de agua y vio algo pequeño y verde, con dos hojitas redondeadas, abriéndose paso en la tierra.
Se detuvo. No gritó. No saltó. Se quedó con el corazón latiendo, quietecita, para no asustar a la plantita. “Hola”, susurró. “Llegaste”. La plantita se meció un poquito, como diciendo buenos días.
Fofuxo llegó a su lado, sonriendo. “Tardó, ¿verdad? Pero vino”. “Tardó”, dijo Pigúiça. “Y estuvo bien esperar. Vi tantas cosas en el camino”.
Esa noche, antes de dormir, Pigúiça se asomó por la ventana. Allá abajo, en la oscuridad, la plantita crecía sin hacer ruido, igual que su sueño, que llegaba despacio.
“Buenas noches, plantita”, dijo. “Crece derechita. Yo también voy a crecer mientras duermo”. Y cerró los ojos, y dejó que el tiempo trabajara.
