
La pandilla jugaba al escondite en el claro, y Rex quería muchísimo entrar en el juego. “¡Yo cuento hasta diez!”, dijo Pigúiça, con los ojos tapados. “Uno, dos, tres...”
Trici corrió detrás de un arbusto. Tico se metió en un tronco hueco pero, largo como es, la punta de la cola le quedó afuera. Bolota se tumbó detrás de una piedra y se quedó muy quietita.
Rex buscó un lugar. ¿Detrás de un árbol delgado? Se le veía la cabeza. ¿Detrás de un arbusto? El arbusto parecía un sombrero encima de él. ¿Detrás de la piedra? La piedra apenas le llegaba a la rodilla.
“...¡nueve, diez! ¡Allá voy!”. Pigúiça abrió los ojos y encontró la cola de Tico en dos segundos. Luego a Bolota, que roncaba. Luego a Trici. Y Rex seguía en medio del claro, en cuclillas, con las manitas sobre los ojos. “Rex, te estoy viendo”.
Rex se sentó en el suelo con un tum. “Soy demasiado grande”, dijo. “Para todo. No puedo esconderme, ni pasar por el túnel, ni jugar en el balancín sin mandar al otro por los aires”.
Fofuxo, que había llegado y lo había oído todo, se sentó junto a Rex. “Yo también soy bien grande”, dijo. “No quepo por la puertita de la casa de Bolota. Pero a veces ser grande ayuda”. “¿Ayuda cómo?”, preguntó Rex.
Justo entonces las nubes soltaron una llovizna de repente, plic, plic, plic. Los cachorros miraron alrededor. No había ningún árbol grande cerca, ni techo, ni nada.
“¡Rex!”, gritó Pigúiça. “¡Échate!”. Rex se tumbó de lado, y su barriga se volvió un gran techo verde. Todos se metieron debajo, entre las patas y la cola. Estaba seco, calentito, con olor a hojas.
“Rex”, dijo Tico, asomándose entre los dedos de sus pies, “eres el mejor escondite que he visto”. “Ni la lluvia puede encontrarnos aquí”, dijo Bolota.
Rex nunca había sido el mejor en nada. Se puso tan contento que la cola empezó a moverse sola, de un lado a otro.
“¡Cuidado con la cola!”, rieron todos. Y entonces descubrieron otra cosa: cuando Rex movía la cola, hacía un vaivén suave, como una hamaca. Uno por uno, los cachorros se subieron y se dejaron mecer.
La lluvia fue pasando. La noche fue llegando. Rex siguió tumbado, sin querer terminar el juego, mientras sus amigos se iban quedando soñolientos a su alrededor.
Pigúiça apoyó la cabeza en su barriga, que subía y bajaba. “Rex”, susurró, “mañana tú cuentas hasta diez, y nos escondemos bajo tu barriga”. Rex sonrió. “Trato hecho”.
Y, con la lluvia cantando afuera y los amigos calentitos debajo de él, Rex cerró los ojos despacio. El más grande de la pandilla había encontrado su manera de jugar. Y fue el primero en dormirse.
