
En Dogavios, las nubes casi siempre sonríen. Pero aquella tarde apareció en el horizonte una nube gris, con la cara seria, y empezó a hacer: BRUUUM.
Fue un sonido enorme, que hizo temblar un poquito el suelo. Las piedras dejaron de cantar. Las flores se cerraron.
Pigúiça, que jugaba junto al arroyo, levantó las orejas. “¡Qué ruidazo!”, dijo. Y entonces se dio cuenta de que faltaba alguien en el juego. “¿Dónde está Rex?”
Buscaron y buscaron. Fofuxo olfateó y señaló un montón de hojas gigantes. Dentro, algo verde temblaba, y una cola larga asomaba por fuera.
Pigúiça apartó una hoja. Allí estaba Rex, hecho un ovillo, con los bracitos cortos tapándole las orejas. “¿Rex?”, lo llamó bajito. “¿Estás bien?”
“Yo no tengo miedo”, dijo Rex con la voz temblorosa. “Es solo que... tengo un poquito de miedo. Bueno, vale, tengo un miedazo”. ¡BRUUUM! Dio un saltito.
Pigúiça se sentó a su lado. No le dijo que aquello no era nada. Solo le dijo: “Yo también me asusté la primera vez”. Fofuxo se sentó del otro lado, formando una pared calentita de pelo.
“¿Sabes qué creo?”, dijo Pigúiça. “Creo que esa nube no está enfadada. Tiene sueño. Y cuando alguien tiene muchísimo sueño, ronca”. Rex espió entre los dedos. “¿Ronca?”. “Escucha otra vez”.
BRUUUM, hizo la nube. Fofuxo hizo “Jrrr” y roncó bajito, solo de broma. Rex se rio. La nube roncó otra vez, y Fofuxo respondió con otro ronquido. Los dos roncaron juntos, y Rex soltó una risita, y luego otra.
Entonces empezó la lluvia, suave: plic, plic, ploc. Rex sacó la cabeza de entre las hojas. La nube gris se iba despacio, arrastrando la lluvia como una manta, y al final bostezó un bruum chiquitito, allá lejos.
“Se va a dormir”, dijo Rex. “Sí”, dijo Pigúiça. “¿Y tú?”. Rex lo pensó. “Creo que yo también”.
Los tres volvieron a la madriguera de Rex, y Pigúiça tapó la entrada con un techito de hojas. A cada ronquido que llegaba de lejos, ella decía: “Buenas noches, nube”. Y Rex respondía, bajito: “Buenas noches”.
Los ronquidos fueron quedando tan lejos que casi no se oían. Rex ya tenía los ojos cerrados, con los bracitos cortos abrazando un montón de hojas, como si abrazara a la nube misma. Fofuxo se durmió poco después. Pigúiça fue la última, escuchando caer la lluvia, plic, plic, plic, hasta que la lluvia se volvió sueño.
