
¡Ñam! Justo en medio del claro, Pigúiça encontró el hueso más grande que había visto en su vida. Era tan grande que, para cargarlo, tenía que caminar de lado, como un cangrejo.
“Es mío”, le anunció a nadie. “Todito mío”. Una piedra que estaba cerca canturreó algo, pero Pigúiça hizo como que no la oía.
Enseguida apareció Fofuxo, moviendo la cola. “¡Qué hueso tan bonito! ¿Puedo jugar yo también?”. Pigúiça abrazó el hueso con las cuatro patas. “No. Es mío. Yo lo encontré primero”.
Fofuxo no se enojó. Solo se echó en la hierba y se quedó mirando las nubes. Una de ellas tenía forma de hueso, y él se rio solito.
Pigúiça intentó jugar con el hueso. Lo lanzó hacia arriba, pero pesaba mucho y le cayó en la cabeza. ¡Pum! Intentó morderlo, pero era demasiado grande para su boquita. Intentó correr con él y se tropezó.
Se sentó, un poco enfurruñada. Jugar sola con un hueso de ese tamaño era más difícil de lo que parecía. Y, la verdad, era bastante aburrido.
Entonces miró el hueso. Tenía una punta de un lado. Y tenía otra punta del otro lado. Dos puntas. Miró a Fofuxo. Un Fofuxo. Se miró a sí misma. Una Pigúiça.
“Fofuxo”, lo llamó, muy bajito. “¿Quieres agarrar la otra punta?”. Fofuxo levantó las orejas y vino corriendo.
Cada uno mordió una punta, y empezó el juego de tirar. Pigúiça tiraba de aquí, grrr. Fofuxo tiraba de allá, muy suavecito, grrr. A veces él la dejaba ganar, y a veces ella lo dejaba ganar a él.
Pronto llegaron Bolota, la basset de orejas largas, y Tico, el salchicha. “¿Puedo jugar?”, preguntó Bolota. Esta vez Pigúiça ni lo pensó. “¡Sí! ¡Agárrate aquí en el medio!”
Y fue la tarde más divertida del claro. Todos tirando, todos riendo, y ya nadie sabía de quién era el hueso. Era de todos los que estaban jugando.
Cuando el sol se escondió detrás de las montañas, los cachorros se fueron echando en la hierba, uno pegado al otro, cansados de tanto reír.
Pigúiça apoyó la cabeza en el hueso, como si fuera una almohada. Fofuxo apoyó la suya en la otra punta. Los dos se quedaron ahí, mirando cómo aparecían las primeras estrellas.
“¿Mañana jugamos otra vez?”, preguntó ella, con los ojos casi cerrados. “Jugamos”, dijo Fofuxo. Y Pigúiça se quedó dormida allí mismo, sonriendo, con la cabeza sobre el hueso que ahora era de todos.
