
Aquella mañana, el campo estaba lleno de cachorros. Corrían, rodaban, saltaban, y todos llevaban collares con chapitas que tintineaban.
En medio de ellos estaba Zeca, un pug nuevo en la pandilla. Tenía el hocico arrugadito, las orejas caídas y una colita enrollada como un caracol.
Fofuxo fue el primero en saludar. “¡Hola, soy Fofuxo! ¿Quieres jugar a buscar palitos?”. “¡Quiero!”, dijo Zeca, con los ojos brillantes.
Y allá se fueron los dos, corriendo por el campo. Reían fuerte. Uno dejaba caer el palito, el otro lo traía. Después se turnaban.
Pigúiça se quedó quieta en un rincón, sentadita. Los miró a ellos. Miró el suelo. Volvió a mirar. Algo caliente empezó a subirle por la barriga. No era rabia. No era tristeza. Eran las dos cosas mezcladas, bien apretaditas.
“Fofuxo es MI mejor amigo”, rezongó bajito. “Ni me ha mirado”. Giró el hocico hacia el otro lado, cruzó las patitas y se quedó allí, con la cara seria.
Pero Fofuxo tiene una nariz muy buena para los sentimientos de sus amigos. Cuando notó el silencio de Pigúiça, paró el juego enseguida y vino corriendo. “Pigúiça, ¿estás bien?”. “No”, dijo ella. “Solo juegas con Zeca”.
Fofuxo se sentó a su lado, despacio. Sus ojos se volvieron azul oscuro, lo que pasaba cuando tenía algo importante que decir. “¿Sabes cómo es mi corazón?”, preguntó. “Tiene un cuarto para cada amigo. Cuando llegó Zeca, se abrió un cuarto nuevo. Pero nadie salió de ningún cuarto, tú tampoco”.
Pigúiça lo miró. Lo caliente de la barriga se fue enfriando un poquito. “Tu cuarto es el más grande de todos”, añadió Fofuxo. “Tiene una ventana llena de estrellas”. Pigúiça se rio, sin querer, por la nariz.
Al otro lado del campo, Zeca los miraba, algo perdido, sin saber adónde ir. Era la primera vez que estaba allí. No conocía a nadie, solo a Fofuxo.
Pigúiça respiró hondo. Se levantó y fue hasta él. “Hola. Soy Pigúiça. ¿Quieres ver algo genial? Hay piedras que cantan en el bosque”.
“¿Piedras que cantan?”, dijo Zeca, con la boca abierta. “¡Quiero!”
Fueron los tres, lado a lado. Las piedras cantaron bajito, solo para ellos. Y, cuando el sol se fue poniendo, tres cachorros cansados dormían apoyados en la raíz de un árbol, con la colita de caracol de Zeca pegada a la cola peluda de Pigúiça.
