
Pigúiça abrió los ojos en medio de la noche y vio algo.
Debajo de la cama, en la sombra, había un brazo largo y blando, estirado hacia afuera. Más atrás, un bulto grande y oscuro, todo arrugado, con un pedazo colgando que parecía una oreja. Pigúiça se subió la manta hasta el hocico. Los ojos azules se le pusieron redondos como dos lunas.
“Fofuxo”, susurró, con la voz más finita que tenía. “Hay un monstruo debajo de mi cama”. Fofuxo, que dormía en la camita de al lado, se levantó muy despacio. Se frotó los ojos y miró hacia donde ella señalaba.
“Hmm”, dijo. “Es verdad. Hay algo ahí”. Pigúiça agarró la manta con más fuerza. Esperaba que dijera que no era nada. Pero Fofuxo era un amigo honesto, y los amigos honestos no dicen que no es nada cuando viste algo.
“¿Sabes qué hacemos con un misterio?”, preguntó. “Lo miramos de cerca. Juntos. Con una luz”. Silbó bajito hacia la ventana, y entró una luciérnaga, brillando amarillita. Se posó en el hocico de Fofuxo, como una linternita.
Los dos se agacharon. Pigúiça iba delante, pero pegadita a Fofuxo. Un paso. Otro paso. La lucecita se fue acercando a la sombra. Entonces la luz llegó. Y el monstruo se volvió otra cosa.
El brazo largo era un calcetín a rayas, uno solo, que Pigúiça había tirado allí por la mañana y olvidado. El bulto arrugado era el abrigo azul, caído encima de una zapatilla. Y la oreja era la capucha del abrigo, doblada hacia un lado.
Pigúiça se quedó mirando. Luego soltó una risa por la nariz, pequeña y algo nerviosa. Luego una risa más grande. Luego una risa tan grande que tuvo que taparse la boca para no despertar a los vecinos. “¡Es un calcetín!”, susurró, riéndose. “¡Me asusté de un calcetín!”. “Un calcetín larguísimo”, dijo Fofuxo, muy serio. “Podía asustar a cualquiera”.
“¿Puedo ponerle un nombre?”. “Claro”. Pigúiça lo pensó. “Señor Calcetón. Y el abrigo es Doña Capucha”.
Doblaron el abrigo, guardaron el calcetín en el cajón y la luciérnaga dio una vueltita por el cuarto antes de volver a la ventana, parpadeando buenas noches.
Pigúiça se acostó, y ahora veía el espacio de abajo solo como un lugar oscuro y vacío, igual que cualquier otro. El miedo había desaparecido, derretido en la luz de la luciérnaga.
“¿Fofuxo?”. “¿Sí?”. “Gracias por mirar conmigo”. “Siempre”, dijo él, y volvió a su camita.
Pigúiça sonrió en la oscuridad. Cerró los ojos. El cuarto estaba silencioso y seguro, y se durmió enseguida.
