
“Uno, dos, tres... ¡YA!”
Los cachorros salieron corriendo por el prado de flores. Delante iba Pigúiça, con las orejas volando hacia atrás. Justo detrás venía Nina, la poodle, saltando como un resorte. Después Tico, el salchicha, con sus patitas cortas girando rapidísimo. Y allá atrás, muy atrás, Bolota, la basset, con sus orejotas arrastrándose entre las flores.
Fofuxo corría al lado, solo para hacerles compañía. La meta era la raíz gruesa del Árbol Universal.
Pigúiça corría y corría. ¡Ya faltaba poco! Pero, justo al final, Nina dio un salto enorme, boing, y la adelantó. Tocó la raíz primero.
“¡Gané!”, gritó Nina, riendo.
Pigúiça se detuvo. Se le cayeron las orejas. “No vale”, refunfuñó. “Saltaste. Saltar no vale. Ya no quiero jugar”. Y se sentó de espaldas a todos, con el hocico muy enfurruñado.
Tico llegó resoplando, con la lengua afuera. Y mucho rato después llegó Bolota. Venía despacito, parándose aquí y allá, con una sonrisa enorme en su cara larga.
“Bolota, llegaste la última”, dijo Tico. “¿No estás triste?”
“¿Triste?”, dijo Bolota, sentándose en la hierba. “Vi una mariquita con lunares rosados. Y una flor me dio las buenas tardes. Y sentí el viento en las orejas. ¡Fue la carrera más bonita del mundo!”
Pigúiça se quedó pensando. Había corrido tanto, tanto, que no había visto ninguna mariquita. Ni flores, ni viento. Solo la raíz allá delante.
“Lo mejor de una carrera es correr juntos”, dijo Fofuxo, echándose a su lado. “Llegar es solo el final”.
Pigúiça se quedó calladita un rato. Después se levantó, fue hasta Nina y le dijo, bajito: “Felicidades. Tu salto fue altísimo”. Nina movió la cola entera, de lo contenta que estaba.
“¿Jugamos otra vez?”, preguntó Tico. “¡Ahora es la carrera al revés: gana el que llegue último!”
Todos se rieron. Los cachorros caminaron despacio, despacito, mirando cada flor y cada mariquita. Y la que ganó, claro, fue Bolota, que sabía ir más despacio que nadie.
Esa noche, Pigúiça se acostó cansada y contenta. Ya no se acordaba de quién había llegado primero. Se acordaba del viento en las orejas, de las risas de sus amigos, de la mariquita de lunares. Y con esos recuerdos, muy despacito, cerró los ojos y se durmió.
