Pocas cosas angustian tanto como ver el plato volver lleno cada día. Lo primero: la selectividad alimentaria es muy común entre el año y los seis años, y no significa que cocines mal ni que hayas educado mal. La mayoría de los niños pasa por una fase de rechazo y luego vuelve a comer bien. Este texto habla de rutina y ambiente, no de nutrición: quién orienta qué y cuánto debe comer tu hijo es el pediatra o el nutricionista.
Ajusta el ambiente antes que el plato
- Quita la presión de la mesa: insistir, negociar, prometer postre y distraer suelen empeorar el rechazo a medio plazo. Ofrece y sigue adelante.
- Espacia los horarios: picar todo el día quita el hambre de las comidas. Dos o tres horas entre ingestas le dan al apetito la oportunidad de aparecer.
- Cuidado con el líquido antes de comer: mucha bebida cerca de la comida llena un estómago pequeño. Deja el agua más para el final.
- Comidas cortas: veinte minutos sentado son suficientes. Alargarlo convierte la mesa en un lugar que el niño quiere evitar.
- Separa los papeles: el adulto decide qué se sirve y cuándo; el niño decide cuánto come de eso. Esa división baja la tensión casi de inmediato.
Estrategias que funcionan con el tiempo
- Exposición repetida sin exigencia: un alimento puede necesitar aparecer muchas veces antes de ser aceptado. Ponerlo en el plato sin obligar forma parte del proceso.
- Involucrarle en la preparación: lavar, remover, elegir en el súper. El niño que participa suele probar con mucha menos resistencia.
- Servir lo nuevo junto a lo conocido: un alimento nuevo al lado de uno que ya acepta reduce el susto y aumenta la probabilidad de que lo pruebe.
- Comer juntos: ver a adultos y hermanos comiendo lo mismo es de los estímulos más potentes que existen, y no cuesta nada.
- Raciones pequeñas: un plato lleno intimida. Servir poco y dejar que pida más le devuelve al niño la sensación de control.
- Déjale jugar con la comida: tocar, oler y aplastar son pasos normales antes de probar, sobre todo en niños más sensibles a la textura.
