Cuentos de Halloween para niños que no dan miedo sí existen, y aquí están: 5 historias cortas y originales, de un minuto más o menos, con Pigúiça, Fofuxo y sus amigos dinosaurios disfrazados en el Jardín Mágico. Sirven para niños de 3 a 8 años, para leer antes de dormir o el día de la fiesta, y cada una termina con una pregunta para conversar.
Cómo contarlos para que luzcan
Baja la voz. Una voz suave, de secreto, hace que el niño se acerque, y notará enseguida que el susto es de mentira.
Haz una pausa antes del «Buuu». El silencio es la mitad de la gracia. Después suelta la voz y ríete con él.
Dale una voz a cada personaje. Pigúiça puede ser alegre, Fofuxo despistado y los dinosaurios grandes y torpones.
Espera la respuesta. Cuando llegues a la pregunta final, quédate callado y escucha. Es la mejor parte de la noche.
Las 5 historias
1. La brujita que volaba bajito
En el Jardín Mágico, Pigúiça se puso el sombrero puntiagudo y agarró su escoba. Era una husky brujita de ojos azules muy brillantes, y tenía un sueño: volar.
Se subió a la escoba, cerró los ojos y dijo: «¡Zuuum!» La escoba se elevó un palmo del suelo. Solo un palmo. Y se detuvo.
«Vaya», dijo Pigúiça. «Yo quería volar hasta la luna.»
Pero volar bajito tenía sus ventajas. Pasó sobre las margaritas, le hizo cosquillas a la punta del césped y saludó a una mariquita que viajaba de pasajera en una hoja. Fofuxo trotaba a su lado y casi ni tuvo que esforzarse para seguirla.
Al llegar al árbol grande, Pigúiça sonrió. Desde muy alto nadie ve las flores de cerca, y desde ahí ella las veía todas.
«Mañana practico un palmo más», decidió. «Hoy me gusta así.»
Para conversar: si tuvieras una escoba mágica, ¿qué te gustaría ver de cerca?
2. El fantasmita que no veía nada
Fofuxo quería ser fantasma. Agarró una sábana blanca, hizo dos agujeritos y se la puso. Pero los agujeritos quedaron lejos de sus ojos, y casi no veía nada.
«¡Buuu!», le dijo a un árbol. El árbol, claro, ni se movió.
«¡Buuu!», probó otra vez, ahora a una piedra. A la piedra tampoco le importó.
Pigúiça llegó riéndose bajito. «Fofuxo, los agujeros están en tus mejillas.»
Ella acomodó la sábana con mucho cuidado, y los ojos de Fofuxo aparecieron, redondos y llenos de alegría.
«¡Ahora sí!», dijo él. «¡Buuu!»
Pigúiça dio un saltito de susto de mentira y enseguida soltó una carcajada. Se rieron tanto que la sábana se meció como una nube.
El fantasmita más tierno del jardín descubrió que la mejor manera de asustar es hacer reír a todos.
Para conversar: ¿cómo sería tu «buuu» más gracioso?
3. La calabaza que sonreía
Un día de sol, Pigúiça y Fofuxo recibieron una calabaza enorme, redonda como una luna llena.
«¡Vamos a vaciarla!», dijo Fofuxo, y metió la cuchara.
¡Plof! Salieron semillas, hilos largos y un olorcito dulce. Pigúiça separó las semillas en un cuenco, una por una, mientras Fofuxo terminaba con la nariz toda naranja.
Un adulto hizo los cortes con cuidado, porque el cuchillo es cosa de mayores, y los dos amigos dibujaron la sonrisa. Dentro de la calabaza pusieron una lucecita de pilas.
Cuando llegó la noche, la calabaza se encendió con una sonrisa torcida y calentita.
«Parece que se está riendo de nosotros», dijo Fofuxo.
«Es que está feliz», respondió Pigúiça, y le acercó el hocico, muy suavecito.
Después guardaron las semillas para plantarlas en primavera. La calabaza, orgullosa, siguió sonriendo toda la noche.
Para conversar: ¿qué cara dibujarías en tu calabaza?
