Para muchos padres, la siesta de la tarde es el único respiro del día. Por eso la pregunta siempre llega con un nudo: ¿ya toca renunciar a ella? La verdad es que no existe una edad exacta. La mayoría de los niños deja la siesta entre los tres y los cinco años, pero quien manda es el comportamiento, no el calendario.
Las señales de que ha llegado el momento
Un día malo no significa nada. Busca un patrón que se repita durante dos o tres semanas seguidas.
- Tarda muchísimo en dormirse de noche: da vueltas cuarenta minutos o más después de apagar la luz.
- La siesta se ha vuelto una batalla: peleas media hora y no se duerme, o duerme quince minutos y se despierta de mal humor.
- Se salta la siesta y el día va bien: llega al final de la tarde de buen humor, sin desbordes.
- Cambió la hora de despertar: empezó a levantarse demasiado pronto, como si la noche ya le bastara.
- El total de sueño sigue siendo adecuado: sin siesta, aún duerme dentro del rango esperado para su edad.
Cómo hacer la transición sin noches caóticas
El error clásico es cortarla de golpe. El cansancio se acumula, el peque llega acelerado a la noche y la semana se desmonta. Ve despacio.
- Acorta antes de eliminar: reduce la siesta a cuarenta y cinco minutos, luego a treinta, y despiértalo con cariño al terminar.
- Que nunca pase de las tres de la tarde: una siesta tardía roba la presión de sueño que necesita la noche.
- Adelanta la hora de acostarse: en las primeras semanas sin siesta, acuéstalo de treinta a sesenta minutos antes. Así evitas el exceso de cansancio.
- Alterna días: siesta en las jornadas de mucha actividad, descanso tranquilo en las demás. La transición rara vez es lineal.
- Acepta los retrocesos: una enfermedad, un viaje o una semana intensa pueden traer la siesta de vuelta unos días, y no pasa nada.
